miércoles, 19 de noviembre de 2014

Todos los libros de Faulkner

       Juana salió, con los ojos embebidos en tristeza. La desolación rompía a gritos en su rostro, y nadie habría podido ver jamás el sentimiento de perderlo todo tan claramente como en la expresión de la muchacha. Todo lo que ella había querido, todo el mundo que ella había conocido parecía desvanecerse, desmoronarse, convertirse de un momento a otro en escombros, en cenizas. No tenía siquiera a quien echarle la culpa, pero pronto encontraría un objetivo posible. Ahora no había persona que pudiera cargar con una responsabilidad, o bien ella no tenía las fuerzas necesarias como para cargar esa responsabilidad hasta los hombros de algún otro. Juana volvió a llorar. Juana se calmó, Juana se durmió, con la certeza de que sus libros, sus palabras, sus comas, ideas, frases, historias, ya no significaban nada y no eran más que deformados restos de sí mismos.
      Eugenia salió de la casa por cuarta vez, desilusionada. Lo que no había sido consumido por el fuego había sido destruido por el agua, arruinado por la desesperación o arrojado por algún instinto de supervivencia. No había podido recuperar absolutamente nada. Todo lo que podía llegar a encontrar de lo que buscaba eran plásticos derretidos, encimados e inútiles. No rompería a llorar, claro, sabía que había cosas peores. En primer lugar se sentía agradecida de no haber muerto en su propia casa. Se sentía agradecida de que al menos se podía comenzar una vez más. Habían perdido todo pero no habían perdido su vida. Ella sabía que no era tan grave, sabía que aquello que se había perdido era recuperable, y que tarde o temprano iban a reconstruir la casa que habían, hace tiempo atrás, construido.
      Ambas habían decidido vivir juntas hacía no menos de cinco años, y aún así cada una estaba en cada uno de los polos. Las divisiones de la casa, en cuanto eran ocupadas por las dos al mismo tiempo, se convertían en campos de batalla en donde las diferencias, las acusaciones, odios, reproches y rencores tomaban dos formas humanas y se desplegaban a lo largo de instantes eternos. Sin embargo, por no tener opción o bien porque el odio se circunscribía sólo a ciertos aspectos de sus vidas, decidían seguir viviendo bajo el mismo techo, mientras que su único escape era el desprecio mutuo por lo que una y otra apreciaban.
      De la misma forma en que los finales muchas veces dejan entrever los comienzos y en que la muerte refleja la vida, así, los silencios dan sentido a los sonidos.
      Juana se acercó a la mujer, la miró a los ojos, y le hizo la pregunta, con la mirada y con las palabras:
      -¿Nos quedó algo, entonces?
      -No -respondió Eugenia-. Sólo quedaron todos tus libros de Faulkner.

lunes, 15 de septiembre de 2014

No hables con extraños

Habíamos partido años atrás y todavía no sabíamos nuestros nombres. Eramos tres completos desconocidos viajando sin rumbo fijo pero ansiosos de llegar a nuestro destino. Nadie conocía al otro más allá de lo que cada uno se había decidido a mostrar. Sin embargo, me arriesgo a decir que en el momento exacto en que nos vimos descubrimos que un completo desconocido es la persona más confiable que existe sobre la faz de la Tierra. Millones de personas confiables, entonces, hay en el mundo. 
La muchacha de facciones suaves era el misterio hecho ser humano. Su cuerpo era la definición de juventud, pero sus ojos, su voz, así como sus pocas y precisas palabras representaban lo contrario. Él, un sujeto aparentemente ordenado y consciente de las consecuencias de sus  acciones, dejaba, en descuidados momentos, ver que su apariencia no era más que tal cosa. Yo, por mi parte, siempre fui completamente incapaz de definirme o describirme. Nuestra ciudad era, a esa altura, un punto en común tan pequeño, invisible, que las diferencias funcionaban mejor que las similitudes. Las identificaciones usuales, los lugares comunes de charla y los acentos eran una forma descartada de interacción. Cada barrio, calle, edificio, línea de colectivo o subterráneo eran asuntos que probablemente nunca trataríamos en ninguna de nuestras conversaciones. 
Habiendo estado tanto tiempo juntos, era curioso que nuestra comunicación fuese siempre 
indirecta. Siempre nos encontrábamos en un punto en común externo a nosotros, era siempre algo o alguien más lo que nos encontraba dentro suyo. Quizás, claro, la explicación era que no nos conocíamos del todo bien como para generar una situación que incluyese al resto. Ninguno de los tres se hubiera animado a abrir un juego que se desvanecería de a poco, ninguno de los tres estaba dispuesto a ver morir cualquier cosa que hubiera creado.
Mientras me colocaba el abrigo, preparándome para una mañana de uno de los inviernos 
más crueles de los últimos tiempos, miré que el reloj marcaba que faltaban tres minutos para las siete. Cuando reconocí mi turno, me acerqué a la puerta de salida. Al darme la vuelta, pude observar esos rostros y esos cuerpos, disímiles sinsentidos. Les hice una breve señal con los ojos y la cabeza, a la que cada uno respondió sacudiendo levemente su cabeza de arriba hacia abajo, confiando en que yo decía lo que ellos creían y en que además entendería sus gestos, y toqué el timbre que indicaba que aquí se bajaban tres completos extraños, juntos.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hola, habla Ernesto.

El auto gris que estacionaba en la puerta de su casa ese día estaba ausente. Meses atrás había acordado con su vecino cederle su lugar de estacionamiento a cambio de compartir el cesto de basura. Ernesto nunca fue un hombre muy práctico, y mucho menos un hombre inteligente. Los días que el vecino no estacionaba su coche frente a su puerta él no sacaba la basura y ese día no sería la excepción. 
Cuando se cansó de esperar al vecino, buscó algo para distraerse un poco. A pesar de que trabajaba por la mañana, sabía que no podría dormir hasta que el dueño del bendito auto llegase a casa, hasta no oír el ronroneo leve del vehículo y sus ruedas girando sobre el empedrado, hasta no oír los pasos del hombre pasando por su ventana. Vio una película insignificante sobre un pequeño hombre que no podía terminar sus propias frases por miedo a la muerte, también uno de esos programas nocturnos donde una multitud de idiotas llama tratando (mal) de dar la respuesta correcta a un acertijo indescifrable. Llamó, hizo café y devoró los restos de su cena. Cuando hubo amanecido resolvió que no tenía energía para ir a trabajar, telefoneó a su trabajo y avisó que estaba con fiebre. El auto no había vuelto aún y entonces decidió que mañana sacaría su bolsa de basura.
Al despertarse, pocas horas después, Ernesto desayunó, Ernesto se duchó y Ernesto se lamentó de no haber ido a trabajar. “A ver si todavía me echan por culpa de este troglodita”, pensó Ernesto. Cuando miró por la ventana descubrió que su vecino nunca había regresado.
-Hola, habla Ernesto.
-Sí, ya veo. Mirá, ahora estoy algo ocupado. ¿Pasó algo?
-No, sólo que la basura... 
-¿Qué basura? 
-No, no importa, sólo que como anoche no viniste, quería saber si...
-Sí, está todo bien. Nos vemos luego. Un abrazo.
Cortó. Él estaba seguro de que todo era mentira. Que al vecino le había pasado algo, que nunca iba a volver y qué iba a hacer Ernesto con todo ese desastre de la basura, con toda esa inmunda mezcla de cáscaras, papeles, yerba, cigarrillos, botellas y restos de comida, toda la casa iba a ser un asco y él no iba a tener donde vivir y qué problema tiene este tipo que no puede volver a su casa de una buena vez. Si hubiera aceptado esas ofertas telefónicas de compras de autos su casa olería bien y nunca correría el riesgo de vivir en un basural. 
Ese día no pudo hacer mucho: escuchó música, leyó con poca atención hasta la noche y luego de cenar mirando hacia afuera se dedicó exclusivamente a esperar en la ventana. Amaneció y entonces llamó a su trabajo para avisar que Ernesto seguía con fiebre y que se ausentaría una vez más.
Al despertar miró su teléfono celular y tenía un mensaje del vecino: “Estoy de vacaciones, más temprano pasé para avisarte pero no estabas. Vuelvo el martes”. Decidió entonces que lo mejor sería esperar a que el dichoso hombre vuelva para resolver el asunto de la basura. Total, eran pocos días, viernes sábado domingo lunes martes, uno dos tres cuatro cinco. Con esta nueva esperanza, Ernesto decidió vaciar su habitación, dedicarla exclusivamente a los residuos y dormir en el sillón unos días. La tarea lo tuvo ocupado todo el día y a las once de la noche ya estaba durmiendo. 
Para el martes la habitación no daba abasto pero Ernesto estaba feliz porque había llegado el último día. Por fin sacaría la basura y por fin dejaría de compartir su casa con gusanos y cucarachas. Sin embargo, el vecino no llegó. Y no llegó el miércoles, ni el jueves ni el viernes. El sábado por la tarde estacionó un camión frente a su puerta y de él descendieron un hombre y una mujer a quienes Ernesto identificaba como los padres del vecino. Ambos parecían cansados, estaban pálidos y parecían tristes. Comenzaron a cargar los muebles de la casa de al lado y al cabo de dos horas terminaron su tarea. Ernesto salió de la casa para hablar con ellos, y preguntarles qué podía hacer con la basura, porque su hijo no había vuelto.
-Hola, soy Ernesto.
-Sí, nos conocimos cuando Marcos se mudó.
-Es verdad. ¿Cómo está Marcos? Porque yo tengo que sacar la basura, y él no volvió de sus vacaciones y yo no sé qué hacer. Es por un arreglo que teníamos, vió... El me presta el tacho y yo le dejo estacionar en mi puerta. 
La mujer comenzó a llorar desconsoladamente sobre su marido, quien antes de volver al camión dedicó a Ernesto una mirada cargada de odio. 
Cuando el camión desapareció de su vista, Ernesto se dio cuenta de algo. Las bolsas de basura estaban por todos lados. No había forma de vivir ahí. Esquivando las bolsas entró a su casa a recoger su abrigo, cerró con llave al salir y dejó la llave del lado de afuera. Empezó a caminar. Le intrigaba qué había pasado con Marcos, pero ya iba a enterarse. Mejor aún.
-Hola Marcos, habla Ernesto. Llamame cuando escuches el mensaje.

martes, 29 de julio de 2014

Iceberg

En el momento mismo que cambió el semáforo a 50 metros de él, sus ojos se abrieron por primera vez en el día. Era, quizás, el invierno más frío que recordaba. Si no fuera porque todos los inviernos se olvidaba cuánto había sufrido el anterior.
Se despertó pensando en que no necesariamente tenía que levantarse temprano ese día, pero que sin embargo no estaría mal hacerlo. En cuanto lo pensó supo lo estúpida e inútil que sonaba esa sugerencia. El reloj marcaba las 9.40 y él pensaba dormir un poco más. Afuera, la lluvia marcaba un tiempo discontinuo desde mucho antes del amanecer. Aunque sin embargo, el ritmo era lo suficientemente continuo como para que su sonido invitara a tomar la decisión de permanecer acostado.
Sus pensamientos no eran claros desde hacía días, y eso lo había llevado a una serie de inconvenientes con su compañero de piso. En promedio le había gritado cuarenta y tres veces por día, veinte de las cuales estaban relacionadas con un frasco de azúcar mal cerrado. El muchacho, por estos pequeños escándalos, había decidido ausentarse por unos días. En cuanto cerró detrás de si la puerta, todo quedó en completo silencio hasta las 9.40.
Una nota en la mesa rezaba: “Vuelvo en unos días, estoy bien”. Sobre la mesa había, también, un receptáculo redondo, relleno de un polvo blanco. Al lado había una tapa. Esbozó una pequeña sonrisa que no evitó el estruendo que hizo el frasco al romperse y dejar el suelo de la cocina parcialmente lleno de azúcar. Luego, subiendo las escaleras, marchó rumbo a su cama una vez más. En cuanto encontró esa posición exacta e inintercambiable necesaria para conciliar el sueño, la alarma sonó otra vez. Tomó su teléfono y por primera vez en el día pulsó el botón con el que se posterga la alarma y volvió a su posición.
Pensaba cuánto tiempo faltaría hasta poder gritarle a alguien, pero también pensaba que la soledad le daba una libertad que no tenía hace bastante tiempo. La alarma volvió a sonar. Él repitió su movimiento. Luego, durmió. La alarma volvería a sonar.

Cuando el frío golpeó su cara, supo que debería haber salido más abrigado. Pero ya había dejado su nota, y había dejado el frasco de azúcar abierto sobre la mesa. La alarma volvió a sonar. Probablemente cuando volviera tendría que limpiar, pero la satisfacción de imaginarse a su amigo enojándose por enésima vez por un frasco abierto era incomparable. Por esto no tenía más alternativa que seguir adelante hacia la casa de su madre.
Quizás era una actitud un tanto inmadura marcharse cada vez que ocurrían estas cosas, pero siempre sentía que era lo único útil que podía hacer. Nada le parecía tan injusto como soportar un trato que sentía que no merecía, y pensaba defender esa posición aunque eso significara caminar bajo el frío y la lluvia más potentes de los últimos años.
Cruzando el puente bajo el cual pasaba el tren en dirección a la zona norte de la ciudad, recordó la cantidad de cosas que probablemente hubiera sido mejor llevarse de la casa, pero ya estaba demasiado lejos. La alarma volvió a sonar, y él ya estaba llegando a casa de su madre. La lluvia golpeaba cada vez más fuerte, y el viento aumentaba junto con ella.

Quizás si no hubiera dejado sonar la alarma nadie lo hubiera encontrado.

lunes, 28 de julio de 2014

Cortinas

imaginemos que
todo aparece cuando lo imaginamos
todo se cumple cuando lo deseamos
todo se vuelve real cuando lo tocamos

imaginemos que
nada es real hasta que lo aceptamos
o que todo tiene una razón de ser
y que nada es completamente arbitrario

imaginemos que lo cierto,
lo verdadero, lo tangible,
lo real, lo existente, lo factible, lo posible,
lo probable, lo dudoso, lo incierto, lo extraño,
lo improbable, lo imposible, lo falso
son más que pobres e insuficientes valoraciones que las cosas adquieren
cuando quienes actúan o tan sólo esperan el momento de no actuar
están por huír o enfrentarse a sus miedos,
a sus deseos:
a sí mismos.

imaginémoslos corriendo en círculos.




jueves, 17 de julio de 2014

gólgotas

si siempre buscamos respuestas
a todas las cuestiones del olvido
qué hacer con el orgullo de confesar
con las palabras en las paredes
con los dibujos en las paredes
con esas mentiras a medias
con las verdades definitivas que hicieron de nosotros trozos de metal
con los garabatos y monigotes que mostraban nuestra débil capacidad
con los chistes y los planetas
con los universos y los personajes

o que hacer con nosotros mismos
con la imperturbable tranquilidad de la indestructividad,
que hace del hombre un casi-hombre y no un super-hombre
que no permite el orgullo, ni las verdades, ni las bromas
que no permite dibujarse a uno mismo ni reconocer la débil capacidad
que no permite no ver lo que se muestra
que no permite un velo delante de los ojos,
que no permite nada sino la imperturbable tranquilidad
de saberse indestructible
de saberse un super hombre
y tampoco permite ver el hecho
de no ser un super hombre

si siempre buscamos respuestas
a todas las cuestiones que no necesitaban ser respodidas
ahora, bajo todo este concreto y este humo, estas luces y estos ruidos
estas personas que saben donde van, estas ilusiones irrompibles,
estos destinos fríamente calculados, estos sueños realizables
estas situaciones de enviar sin garantía a cualquiera a la vanguardia
estas decisiones que no caducan y estas promesas que se cumplen,
estas olvidadizas máquinas que no nos recuerdan, y mucho menos nos registran
estos maravillosos especímenes humanos que no confían en esos artefactos
y que muchos menos depositan en ellos todo lo que tienen,
encontramos en la base
no sólo la ironía, no sólo la desesperación

sino tambien las preguntas

viernes, 30 de mayo de 2014

Intento 3

mirando
hacia un lugar inexistente
tus ojos,
marchan como una enorme multitud
mis ojos
dos solitarios en medio del mundo.
pueden verlo todo.

escuchando
todo lo existente
tu voz,
no significa absolutamente nada
mis oídos
junto a tus palabras.
pueden oírlo todo.

en dos mundos paralelos
infinitas
las imágenes se suceden,
las verdades
indistinguibles,
ni reales ni irreales.
sin embargo tangibles.

los ojos
las interminables miradas,
que lo ven todo,
cuando creen que todo lo abarcan
a veces
olvidan qué están mirando.

los oídos
los imperturbables espías
que lo oyen todo,
que todo lo captan
son quienes
no entienden una palabra.



jueves, 29 de mayo de 2014

Intento 2

dejo mis cosas en orden,
me detengo frente a la puerta,
habiendo alineado todo
dispuesto a partir
al punto de regresarme
sólo en un momento
lentamente
apropiado,
para tomar
ahora.
la aguja que las sostiene.

Intento 1

no somos, finalmente
nadie conocerá
siquiera un poco
nunca más
aquello que hemos sido

no hay motivo, ya no más
podrán decir
para creer
quienes no saben
que no hay un cambio

no hay espera, el tiempo
crean o no,
no importa
hay esperanza
para quien no es el mismo