Habíamos partido años atrás y todavía no sabíamos nuestros nombres. Eramos tres completos desconocidos viajando sin rumbo fijo pero ansiosos de llegar a nuestro destino. Nadie conocía al otro más allá de lo que cada uno se había decidido a mostrar. Sin embargo, me arriesgo a decir que en el momento exacto en que nos vimos descubrimos que un completo desconocido es la persona más confiable que existe sobre la faz de la Tierra. Millones de personas confiables, entonces, hay en el mundo.
La muchacha de facciones suaves era el misterio hecho ser humano. Su cuerpo era la definición de juventud, pero sus ojos, su voz, así como sus pocas y precisas palabras representaban lo contrario. Él, un sujeto aparentemente ordenado y consciente de las consecuencias de sus acciones, dejaba, en descuidados momentos, ver que su apariencia no era más que tal cosa. Yo, por mi parte, siempre fui completamente incapaz de definirme o describirme. Nuestra ciudad era, a esa altura, un punto en común tan pequeño, invisible, que las diferencias funcionaban mejor que las similitudes. Las identificaciones usuales, los lugares comunes de charla y los acentos eran una forma descartada de interacción. Cada barrio, calle, edificio, línea de colectivo o subterráneo eran asuntos que probablemente nunca trataríamos en ninguna de nuestras conversaciones.
Habiendo estado tanto tiempo juntos, era curioso que nuestra comunicación fuese siempre
indirecta. Siempre nos encontrábamos en un punto en común externo a nosotros, era siempre algo o alguien más lo que nos encontraba dentro suyo. Quizás, claro, la explicación era que no nos conocíamos del todo bien como para generar una situación que incluyese al resto. Ninguno de los tres se hubiera animado a abrir un juego que se desvanecería de a poco, ninguno de los tres estaba dispuesto a ver morir cualquier cosa que hubiera creado.
Mientras me colocaba el abrigo, preparándome para una mañana de uno de los inviernos
más crueles de los últimos tiempos, miré que el reloj marcaba que faltaban tres minutos para las siete. Cuando reconocí mi turno, me acerqué a la puerta de salida. Al darme la vuelta, pude observar esos rostros y esos cuerpos, disímiles sinsentidos. Les hice una breve señal con los ojos y la cabeza, a la que cada uno respondió sacudiendo levemente su cabeza de arriba hacia abajo, confiando en que yo decía lo que ellos creían y en que además entendería sus gestos, y toqué el timbre que indicaba que aquí se bajaban tres completos extraños, juntos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario