martes, 31 de marzo de 2015

ceremonias

mientras camino
y la avenida se destruye a mis espaldas
y las voces que oigo al pasar se convierten en pequeños escombros del pasado
y las personas que vi se convierten en viejos cadáveres, calavera y esqueleto
y los autos nuevos ya son modelos antiguos
y las bicicletas pedalean constantemente conducidas por cadáveres
y caen estrepitosamente junto con todos los huesos
y las casas quedan a mis espaldas deshabitadas
las luces se apagan, los sonidos se acaban
las ventanas quedan oscurecidas
y todo a mis espaldas se reduce a la nada
mientras el frente el frente es la luz, la vida, la piel, la carne y la sangre, el sonido
en el frente los autos son nuevos, las bicicletas y sus conductores no caen estrepitosamente
en el frente, todos los hombres saben que hacer, y en el frente todos avanzan al mismo tiempo
todos saben (o no) adonde ir, pero todos se enfrentan a lo que sea que esté por venir

y en el frente también es donde escucho caer una moneda
que recorre
fríamente mi piel desde el muslo hasta el tobillo
dejando una estela de bacterias que pasaron mano tras mano tras mano tras mano
mil manos recorriendo mis piernas, mis muslos, mi piel
mil manos muertas mil manos vivas en el tacto
mil manos atemporales que me acarician fríamente a través del tiempo
mil manos inertes y concentradas en una sola moneda, mil manos que hacen menos que una,
mil manos que no hacen otra cosa que excitar mi piel hasta llegar al suelo,
y en suelo el tintineo,
y en el suelo el estruendo,
y en el suelo el tiempo desde 1997 hasta hoy
en el suelo
millones de manos encerradas en la Casa de la Moneda
arrancándome la carne
 una tras otra
y al mismo tiempo me doy vuelta para recuperar mi dinero
y el frente está destruido
mientras a mis espaldas todo crece


miércoles, 4 de marzo de 2015

Buenos matrimonios

Sara no era del tipo de persona que gustaba de pensar que trabajar era parte de un proceso de independencia. Sara ni siquiera pensaba en su independencia. Era del tipo que pensaba que la dependencia era lo más cómodo y por tanto lo mejor. A pesar de que eso significase verse reducida a cero en la mayoría de los días de la semana. Para qué quiero ser más de cero si al fin y al cabo puedo no levantarme de este sillón por horas, hasta que mi marido llegue de trabajar, e incluso puedo limitarme a convencerlo de pedir una pizza y no tener siquiera que prender el horno, pensaba ella después de cada intento de suicidio. Para qué quiero ser siquiera una si tampoco sé que podría hacer conmigo misma.
Los sábados el llegaba más temprano y los domingos pasaba todo el día en casa y aprovechaba para preparar un desayuno que le sirviera para confesarse, disculparse y arrepentirse de reducir a su esposa a algo apenas existente y sólo apto para respirar y dar dos o tres pasos sin caerse por día. Ser un poco servicial uno de los siete días de la semana tranquilizaba su conciencia y le permitía pensar que era un buen hombre. Pensar por un día que era un buen hombre, decente y trabajador le permitía pensar que Sara era un perra imbécil, buena para nada y semianalfabeta durante los restantes seis días, y el Día de Servicio lo limpiaba de la culpa de ser un asqueroso hijo de puta.
Los niños hubieran venido si Sara, la estúpida, fuera lo suficientemente útil como para hacer lo único que una mujer tendía que hacer, pensaba él, y si los niños hubiera venido esta vida en esta casa gigante y vacía no sería una pila de basura que crecía día a día. Y si esta zorra consiguiera algún trabajo. El ganaba bien, por eso ella no se movía en todo el día, y ella no podía conseguir un trabajo a esta altura de su vida porque había pasado el tiempo casada con un tipo que ganaba bien. También se había casado por ello, y porque estaba cómoda no haciendo nada hasta casarse con él. Y lo más importante era la comodidad, claro.
Sus padres siempre habían querido que estudie porque ellos no lo habían logrado. Habían llegado de alguna pequeña ciudad del interior para asentarse en la ciudad a fines de estar más cerca de sus trabajos, y así poder ahorrar tiempo e invertirlo en una carrera universitaria que les permitiera procurarse un mejor puesto de trabajo a largo plazo. Pero cuando las expectativas son altas también las caídas son más estrepitosas. Su madre fue despedida, el proyecto se fue cuesta abajo sin frenos. Y ellos corrieron, desesperados, tras él. No pudieron cumplir esos objetivos pero al menos tuvieron una bonita historia de amor. Sara se ahorraba eso: no tenía objetivos personales más allá de sus nalgas apostadas en un sillón 24/7 y tampoco tenía una historia de amor. 
De todas formas, ella creyó por un tiempo que sí la tenía. Pero aparentemente ignoraba que su marido llegaba todos los días esperando que ella esté muerta en el medio de la sala, tirada inconsciente inmóvil inútil más inútil que antes porque ahora no podía siquiera respirar ni dar sus dos o tres pasos diarios y ahora es mi momento de libertad una vez que muere la imbécil. Deseaba encontrarla muerta para ahorrarse el trabajo sucio. Hacía doce años que llegaba y ella no estaba muerta. Ciento cuarenta y cuatro meses, más de cuatro mil trescientos días. Día tras día el deseo, la expectativa, el cadáver, la esperanza. Día tras día la puta morsa inmóvil, la decepción, la eternidad mugiendo en el teléfono.
No es que ella disfrutara de ver al hombre entrar todos los días por su puerta, la puerta que había ganado sobreponiéndose al asco de dejar entrar el miembro del idiota adinerado en su cuerpo. La puerta de la casa que había ganado acostándose con ese cerdo imbécil hijo de puta y escuchando los sonidos que hacía mientras la penetraba y cómo nombraba a Marta Cristina Isabel Teresa Susana y Josefina, a la manera de una anciana que no recuerda el nombre de sus nietos. La puerta de la casa que había ganado gracias a sobreponerse al asco, el silencio y la sumisión. Ella esperaba todos los días a las cuatro de la tarde la llegada no de su marido sino de un patrullero del que bajase un hombre gordo de dedos aceitosos, un hombre gordo con queso mozzarella en su pecho cubierto de un uniforme cerrado a presión, un hombre obeso que tomara su gorra entre sus manos, la apretara sobre su aceitoso pecho lleno de queso, lleno de camisa abierta justo en el ombligo, y mostrando que su peso era directamente proporcional a su calvicie, le diera su más sentido pésame señora su marido está muerto pero igual no importa porque era una enorme basura, y le pidiera que la acompañase a reconocer el inmundo cadáver. 
Eso, o que el policía no fuera obeso, tuviera cabello, y ella pudiera procurarse una nueva puerta, una nueva casa y un nuevo sillón.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Todos los libros de Faulkner

       Juana salió, con los ojos embebidos en tristeza. La desolación rompía a gritos en su rostro, y nadie habría podido ver jamás el sentimiento de perderlo todo tan claramente como en la expresión de la muchacha. Todo lo que ella había querido, todo el mundo que ella había conocido parecía desvanecerse, desmoronarse, convertirse de un momento a otro en escombros, en cenizas. No tenía siquiera a quien echarle la culpa, pero pronto encontraría un objetivo posible. Ahora no había persona que pudiera cargar con una responsabilidad, o bien ella no tenía las fuerzas necesarias como para cargar esa responsabilidad hasta los hombros de algún otro. Juana volvió a llorar. Juana se calmó, Juana se durmió, con la certeza de que sus libros, sus palabras, sus comas, ideas, frases, historias, ya no significaban nada y no eran más que deformados restos de sí mismos.
      Eugenia salió de la casa por cuarta vez, desilusionada. Lo que no había sido consumido por el fuego había sido destruido por el agua, arruinado por la desesperación o arrojado por algún instinto de supervivencia. No había podido recuperar absolutamente nada. Todo lo que podía llegar a encontrar de lo que buscaba eran plásticos derretidos, encimados e inútiles. No rompería a llorar, claro, sabía que había cosas peores. En primer lugar se sentía agradecida de no haber muerto en su propia casa. Se sentía agradecida de que al menos se podía comenzar una vez más. Habían perdido todo pero no habían perdido su vida. Ella sabía que no era tan grave, sabía que aquello que se había perdido era recuperable, y que tarde o temprano iban a reconstruir la casa que habían, hace tiempo atrás, construido.
      Ambas habían decidido vivir juntas hacía no menos de cinco años, y aún así cada una estaba en cada uno de los polos. Las divisiones de la casa, en cuanto eran ocupadas por las dos al mismo tiempo, se convertían en campos de batalla en donde las diferencias, las acusaciones, odios, reproches y rencores tomaban dos formas humanas y se desplegaban a lo largo de instantes eternos. Sin embargo, por no tener opción o bien porque el odio se circunscribía sólo a ciertos aspectos de sus vidas, decidían seguir viviendo bajo el mismo techo, mientras que su único escape era el desprecio mutuo por lo que una y otra apreciaban.
      De la misma forma en que los finales muchas veces dejan entrever los comienzos y en que la muerte refleja la vida, así, los silencios dan sentido a los sonidos.
      Juana se acercó a la mujer, la miró a los ojos, y le hizo la pregunta, con la mirada y con las palabras:
      -¿Nos quedó algo, entonces?
      -No -respondió Eugenia-. Sólo quedaron todos tus libros de Faulkner.

lunes, 15 de septiembre de 2014

No hables con extraños

Habíamos partido años atrás y todavía no sabíamos nuestros nombres. Eramos tres completos desconocidos viajando sin rumbo fijo pero ansiosos de llegar a nuestro destino. Nadie conocía al otro más allá de lo que cada uno se había decidido a mostrar. Sin embargo, me arriesgo a decir que en el momento exacto en que nos vimos descubrimos que un completo desconocido es la persona más confiable que existe sobre la faz de la Tierra. Millones de personas confiables, entonces, hay en el mundo. 
La muchacha de facciones suaves era el misterio hecho ser humano. Su cuerpo era la definición de juventud, pero sus ojos, su voz, así como sus pocas y precisas palabras representaban lo contrario. Él, un sujeto aparentemente ordenado y consciente de las consecuencias de sus  acciones, dejaba, en descuidados momentos, ver que su apariencia no era más que tal cosa. Yo, por mi parte, siempre fui completamente incapaz de definirme o describirme. Nuestra ciudad era, a esa altura, un punto en común tan pequeño, invisible, que las diferencias funcionaban mejor que las similitudes. Las identificaciones usuales, los lugares comunes de charla y los acentos eran una forma descartada de interacción. Cada barrio, calle, edificio, línea de colectivo o subterráneo eran asuntos que probablemente nunca trataríamos en ninguna de nuestras conversaciones. 
Habiendo estado tanto tiempo juntos, era curioso que nuestra comunicación fuese siempre 
indirecta. Siempre nos encontrábamos en un punto en común externo a nosotros, era siempre algo o alguien más lo que nos encontraba dentro suyo. Quizás, claro, la explicación era que no nos conocíamos del todo bien como para generar una situación que incluyese al resto. Ninguno de los tres se hubiera animado a abrir un juego que se desvanecería de a poco, ninguno de los tres estaba dispuesto a ver morir cualquier cosa que hubiera creado.
Mientras me colocaba el abrigo, preparándome para una mañana de uno de los inviernos 
más crueles de los últimos tiempos, miré que el reloj marcaba que faltaban tres minutos para las siete. Cuando reconocí mi turno, me acerqué a la puerta de salida. Al darme la vuelta, pude observar esos rostros y esos cuerpos, disímiles sinsentidos. Les hice una breve señal con los ojos y la cabeza, a la que cada uno respondió sacudiendo levemente su cabeza de arriba hacia abajo, confiando en que yo decía lo que ellos creían y en que además entendería sus gestos, y toqué el timbre que indicaba que aquí se bajaban tres completos extraños, juntos.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hola, habla Ernesto.

El auto gris que estacionaba en la puerta de su casa ese día estaba ausente. Meses atrás había acordado con su vecino cederle su lugar de estacionamiento a cambio de compartir el cesto de basura. Ernesto nunca fue un hombre muy práctico, y mucho menos un hombre inteligente. Los días que el vecino no estacionaba su coche frente a su puerta él no sacaba la basura y ese día no sería la excepción. 
Cuando se cansó de esperar al vecino, buscó algo para distraerse un poco. A pesar de que trabajaba por la mañana, sabía que no podría dormir hasta que el dueño del bendito auto llegase a casa, hasta no oír el ronroneo leve del vehículo y sus ruedas girando sobre el empedrado, hasta no oír los pasos del hombre pasando por su ventana. Vio una película insignificante sobre un pequeño hombre que no podía terminar sus propias frases por miedo a la muerte, también uno de esos programas nocturnos donde una multitud de idiotas llama tratando (mal) de dar la respuesta correcta a un acertijo indescifrable. Llamó, hizo café y devoró los restos de su cena. Cuando hubo amanecido resolvió que no tenía energía para ir a trabajar, telefoneó a su trabajo y avisó que estaba con fiebre. El auto no había vuelto aún y entonces decidió que mañana sacaría su bolsa de basura.
Al despertarse, pocas horas después, Ernesto desayunó, Ernesto se duchó y Ernesto se lamentó de no haber ido a trabajar. “A ver si todavía me echan por culpa de este troglodita”, pensó Ernesto. Cuando miró por la ventana descubrió que su vecino nunca había regresado.
-Hola, habla Ernesto.
-Sí, ya veo. Mirá, ahora estoy algo ocupado. ¿Pasó algo?
-No, sólo que la basura... 
-¿Qué basura? 
-No, no importa, sólo que como anoche no viniste, quería saber si...
-Sí, está todo bien. Nos vemos luego. Un abrazo.
Cortó. Él estaba seguro de que todo era mentira. Que al vecino le había pasado algo, que nunca iba a volver y qué iba a hacer Ernesto con todo ese desastre de la basura, con toda esa inmunda mezcla de cáscaras, papeles, yerba, cigarrillos, botellas y restos de comida, toda la casa iba a ser un asco y él no iba a tener donde vivir y qué problema tiene este tipo que no puede volver a su casa de una buena vez. Si hubiera aceptado esas ofertas telefónicas de compras de autos su casa olería bien y nunca correría el riesgo de vivir en un basural. 
Ese día no pudo hacer mucho: escuchó música, leyó con poca atención hasta la noche y luego de cenar mirando hacia afuera se dedicó exclusivamente a esperar en la ventana. Amaneció y entonces llamó a su trabajo para avisar que Ernesto seguía con fiebre y que se ausentaría una vez más.
Al despertar miró su teléfono celular y tenía un mensaje del vecino: “Estoy de vacaciones, más temprano pasé para avisarte pero no estabas. Vuelvo el martes”. Decidió entonces que lo mejor sería esperar a que el dichoso hombre vuelva para resolver el asunto de la basura. Total, eran pocos días, viernes sábado domingo lunes martes, uno dos tres cuatro cinco. Con esta nueva esperanza, Ernesto decidió vaciar su habitación, dedicarla exclusivamente a los residuos y dormir en el sillón unos días. La tarea lo tuvo ocupado todo el día y a las once de la noche ya estaba durmiendo. 
Para el martes la habitación no daba abasto pero Ernesto estaba feliz porque había llegado el último día. Por fin sacaría la basura y por fin dejaría de compartir su casa con gusanos y cucarachas. Sin embargo, el vecino no llegó. Y no llegó el miércoles, ni el jueves ni el viernes. El sábado por la tarde estacionó un camión frente a su puerta y de él descendieron un hombre y una mujer a quienes Ernesto identificaba como los padres del vecino. Ambos parecían cansados, estaban pálidos y parecían tristes. Comenzaron a cargar los muebles de la casa de al lado y al cabo de dos horas terminaron su tarea. Ernesto salió de la casa para hablar con ellos, y preguntarles qué podía hacer con la basura, porque su hijo no había vuelto.
-Hola, soy Ernesto.
-Sí, nos conocimos cuando Marcos se mudó.
-Es verdad. ¿Cómo está Marcos? Porque yo tengo que sacar la basura, y él no volvió de sus vacaciones y yo no sé qué hacer. Es por un arreglo que teníamos, vió... El me presta el tacho y yo le dejo estacionar en mi puerta. 
La mujer comenzó a llorar desconsoladamente sobre su marido, quien antes de volver al camión dedicó a Ernesto una mirada cargada de odio. 
Cuando el camión desapareció de su vista, Ernesto se dio cuenta de algo. Las bolsas de basura estaban por todos lados. No había forma de vivir ahí. Esquivando las bolsas entró a su casa a recoger su abrigo, cerró con llave al salir y dejó la llave del lado de afuera. Empezó a caminar. Le intrigaba qué había pasado con Marcos, pero ya iba a enterarse. Mejor aún.
-Hola Marcos, habla Ernesto. Llamame cuando escuches el mensaje.

martes, 29 de julio de 2014

Iceberg

En el momento mismo que cambió el semáforo a 50 metros de él, sus ojos se abrieron por primera vez en el día. Era, quizás, el invierno más frío que recordaba. Si no fuera porque todos los inviernos se olvidaba cuánto había sufrido el anterior.
Se despertó pensando en que no necesariamente tenía que levantarse temprano ese día, pero que sin embargo no estaría mal hacerlo. En cuanto lo pensó supo lo estúpida e inútil que sonaba esa sugerencia. El reloj marcaba las 9.40 y él pensaba dormir un poco más. Afuera, la lluvia marcaba un tiempo discontinuo desde mucho antes del amanecer. Aunque sin embargo, el ritmo era lo suficientemente continuo como para que su sonido invitara a tomar la decisión de permanecer acostado.
Sus pensamientos no eran claros desde hacía días, y eso lo había llevado a una serie de inconvenientes con su compañero de piso. En promedio le había gritado cuarenta y tres veces por día, veinte de las cuales estaban relacionadas con un frasco de azúcar mal cerrado. El muchacho, por estos pequeños escándalos, había decidido ausentarse por unos días. En cuanto cerró detrás de si la puerta, todo quedó en completo silencio hasta las 9.40.
Una nota en la mesa rezaba: “Vuelvo en unos días, estoy bien”. Sobre la mesa había, también, un receptáculo redondo, relleno de un polvo blanco. Al lado había una tapa. Esbozó una pequeña sonrisa que no evitó el estruendo que hizo el frasco al romperse y dejar el suelo de la cocina parcialmente lleno de azúcar. Luego, subiendo las escaleras, marchó rumbo a su cama una vez más. En cuanto encontró esa posición exacta e inintercambiable necesaria para conciliar el sueño, la alarma sonó otra vez. Tomó su teléfono y por primera vez en el día pulsó el botón con el que se posterga la alarma y volvió a su posición.
Pensaba cuánto tiempo faltaría hasta poder gritarle a alguien, pero también pensaba que la soledad le daba una libertad que no tenía hace bastante tiempo. La alarma volvió a sonar. Él repitió su movimiento. Luego, durmió. La alarma volvería a sonar.

Cuando el frío golpeó su cara, supo que debería haber salido más abrigado. Pero ya había dejado su nota, y había dejado el frasco de azúcar abierto sobre la mesa. La alarma volvió a sonar. Probablemente cuando volviera tendría que limpiar, pero la satisfacción de imaginarse a su amigo enojándose por enésima vez por un frasco abierto era incomparable. Por esto no tenía más alternativa que seguir adelante hacia la casa de su madre.
Quizás era una actitud un tanto inmadura marcharse cada vez que ocurrían estas cosas, pero siempre sentía que era lo único útil que podía hacer. Nada le parecía tan injusto como soportar un trato que sentía que no merecía, y pensaba defender esa posición aunque eso significara caminar bajo el frío y la lluvia más potentes de los últimos años.
Cruzando el puente bajo el cual pasaba el tren en dirección a la zona norte de la ciudad, recordó la cantidad de cosas que probablemente hubiera sido mejor llevarse de la casa, pero ya estaba demasiado lejos. La alarma volvió a sonar, y él ya estaba llegando a casa de su madre. La lluvia golpeaba cada vez más fuerte, y el viento aumentaba junto con ella.

Quizás si no hubiera dejado sonar la alarma nadie lo hubiera encontrado.

lunes, 28 de julio de 2014

Cortinas

imaginemos que
todo aparece cuando lo imaginamos
todo se cumple cuando lo deseamos
todo se vuelve real cuando lo tocamos

imaginemos que
nada es real hasta que lo aceptamos
o que todo tiene una razón de ser
y que nada es completamente arbitrario

imaginemos que lo cierto,
lo verdadero, lo tangible,
lo real, lo existente, lo factible, lo posible,
lo probable, lo dudoso, lo incierto, lo extraño,
lo improbable, lo imposible, lo falso
son más que pobres e insuficientes valoraciones que las cosas adquieren
cuando quienes actúan o tan sólo esperan el momento de no actuar
están por huír o enfrentarse a sus miedos,
a sus deseos:
a sí mismos.

imaginémoslos corriendo en círculos.