Juana salió, con los ojos embebidos en tristeza. La desolación rompía a gritos en su rostro, y nadie habría podido ver jamás el sentimiento de perderlo todo tan claramente como en la expresión de la muchacha. Todo lo que ella había querido, todo el mundo que ella había conocido parecía desvanecerse, desmoronarse, convertirse de un momento a otro en escombros, en cenizas. No tenía siquiera a quien echarle la culpa, pero pronto encontraría un objetivo posible. Ahora no había persona que pudiera cargar con una responsabilidad, o bien ella no tenía las fuerzas necesarias como para cargar esa responsabilidad hasta los hombros de algún otro. Juana volvió a llorar. Juana se calmó, Juana se durmió, con la certeza de que sus libros, sus palabras, sus comas, ideas, frases, historias, ya no significaban nada y no eran más que deformados restos de sí mismos.
Eugenia salió de la casa por cuarta vez, desilusionada. Lo que no había sido consumido por el fuego había sido destruido por el agua, arruinado por la desesperación o arrojado por algún instinto de supervivencia. No había podido recuperar absolutamente nada. Todo lo que podía llegar a encontrar de lo que buscaba eran plásticos derretidos, encimados e inútiles. No rompería a llorar, claro, sabía que había cosas peores. En primer lugar se sentía agradecida de no haber muerto en su propia casa. Se sentía agradecida de que al menos se podía comenzar una vez más. Habían perdido todo pero no habían perdido su vida. Ella sabía que no era tan grave, sabía que aquello que se había perdido era recuperable, y que tarde o temprano iban a reconstruir la casa que habían, hace tiempo atrás, construido.
Ambas habían decidido vivir juntas hacía no menos de cinco años, y aún así cada una estaba en cada uno de los polos. Las divisiones de la casa, en cuanto eran ocupadas por las dos al mismo tiempo, se convertían en campos de batalla en donde las diferencias, las acusaciones, odios, reproches y rencores tomaban dos formas humanas y se desplegaban a lo largo de instantes eternos. Sin embargo, por no tener opción o bien porque el odio se circunscribía sólo a ciertos aspectos de sus vidas, decidían seguir viviendo bajo el mismo techo, mientras que su único escape era el desprecio mutuo por lo que una y otra apreciaban.
De la misma forma en que los finales muchas veces dejan entrever los comienzos y en que la muerte refleja la vida, así, los silencios dan sentido a los sonidos.
Juana se acercó a la mujer, la miró a los ojos, y le hizo la pregunta, con la mirada y con las palabras:
-¿Nos quedó algo, entonces?
-No -respondió Eugenia-. Sólo quedaron todos tus libros de Faulkner.
Eugenia salió de la casa por cuarta vez, desilusionada. Lo que no había sido consumido por el fuego había sido destruido por el agua, arruinado por la desesperación o arrojado por algún instinto de supervivencia. No había podido recuperar absolutamente nada. Todo lo que podía llegar a encontrar de lo que buscaba eran plásticos derretidos, encimados e inútiles. No rompería a llorar, claro, sabía que había cosas peores. En primer lugar se sentía agradecida de no haber muerto en su propia casa. Se sentía agradecida de que al menos se podía comenzar una vez más. Habían perdido todo pero no habían perdido su vida. Ella sabía que no era tan grave, sabía que aquello que se había perdido era recuperable, y que tarde o temprano iban a reconstruir la casa que habían, hace tiempo atrás, construido.
Ambas habían decidido vivir juntas hacía no menos de cinco años, y aún así cada una estaba en cada uno de los polos. Las divisiones de la casa, en cuanto eran ocupadas por las dos al mismo tiempo, se convertían en campos de batalla en donde las diferencias, las acusaciones, odios, reproches y rencores tomaban dos formas humanas y se desplegaban a lo largo de instantes eternos. Sin embargo, por no tener opción o bien porque el odio se circunscribía sólo a ciertos aspectos de sus vidas, decidían seguir viviendo bajo el mismo techo, mientras que su único escape era el desprecio mutuo por lo que una y otra apreciaban.
De la misma forma en que los finales muchas veces dejan entrever los comienzos y en que la muerte refleja la vida, así, los silencios dan sentido a los sonidos.
Juana se acercó a la mujer, la miró a los ojos, y le hizo la pregunta, con la mirada y con las palabras:
-¿Nos quedó algo, entonces?
-No -respondió Eugenia-. Sólo quedaron todos tus libros de Faulkner.