En el momento mismo que cambió el semáforo a 50 metros de él, sus ojos se abrieron por primera vez en el día. Era, quizás, el invierno más frío que recordaba. Si no fuera porque todos los inviernos se olvidaba cuánto había sufrido el anterior.
Se despertó pensando en que no necesariamente tenía que levantarse temprano ese día, pero que sin embargo no estaría mal hacerlo. En cuanto lo pensó supo lo estúpida e inútil que sonaba esa sugerencia. El reloj marcaba las 9.40 y él pensaba dormir un poco más. Afuera, la lluvia marcaba un tiempo discontinuo desde mucho antes del amanecer. Aunque sin embargo, el ritmo era lo suficientemente continuo como para que su sonido invitara a tomar la decisión de permanecer acostado.
Sus pensamientos no eran claros desde hacía días, y eso lo había llevado a una serie de inconvenientes con su compañero de piso. En promedio le había gritado cuarenta y tres veces por día, veinte de las cuales estaban relacionadas con un frasco de azúcar mal cerrado. El muchacho, por estos pequeños escándalos, había decidido ausentarse por unos días. En cuanto cerró detrás de si la puerta, todo quedó en completo silencio hasta las 9.40.
Una nota en la mesa rezaba: “Vuelvo en unos días, estoy bien”. Sobre la mesa había, también, un receptáculo redondo, relleno de un polvo blanco. Al lado había una tapa. Esbozó una pequeña sonrisa que no evitó el estruendo que hizo el frasco al romperse y dejar el suelo de la cocina parcialmente lleno de azúcar. Luego, subiendo las escaleras, marchó rumbo a su cama una vez más. En cuanto encontró esa posición exacta e inintercambiable necesaria para conciliar el sueño, la alarma sonó otra vez. Tomó su teléfono y por primera vez en el día pulsó el botón con el que se posterga la alarma y volvió a su posición.
Una nota en la mesa rezaba: “Vuelvo en unos días, estoy bien”. Sobre la mesa había, también, un receptáculo redondo, relleno de un polvo blanco. Al lado había una tapa. Esbozó una pequeña sonrisa que no evitó el estruendo que hizo el frasco al romperse y dejar el suelo de la cocina parcialmente lleno de azúcar. Luego, subiendo las escaleras, marchó rumbo a su cama una vez más. En cuanto encontró esa posición exacta e inintercambiable necesaria para conciliar el sueño, la alarma sonó otra vez. Tomó su teléfono y por primera vez en el día pulsó el botón con el que se posterga la alarma y volvió a su posición.
Pensaba cuánto tiempo faltaría hasta poder gritarle a alguien, pero también pensaba que la soledad le daba una libertad que no tenía hace bastante tiempo. La alarma volvió a sonar. Él repitió su movimiento. Luego, durmió. La alarma volvería a sonar.
Cuando el frío golpeó su cara, supo que debería haber salido más abrigado. Pero ya había dejado su nota, y había dejado el frasco de azúcar abierto sobre la mesa. La alarma volvió a sonar. Probablemente cuando volviera tendría que limpiar, pero la satisfacción de imaginarse a su amigo enojándose por enésima vez por un frasco abierto era incomparable. Por esto no tenía más alternativa que seguir adelante hacia la casa de su madre.
Quizás era una actitud un tanto inmadura marcharse cada vez que ocurrían estas cosas, pero siempre sentía que era lo único útil que podía hacer. Nada le parecía tan injusto como soportar un trato que sentía que no merecía, y pensaba defender esa posición aunque eso significara caminar bajo el frío y la lluvia más potentes de los últimos años.
Quizás era una actitud un tanto inmadura marcharse cada vez que ocurrían estas cosas, pero siempre sentía que era lo único útil que podía hacer. Nada le parecía tan injusto como soportar un trato que sentía que no merecía, y pensaba defender esa posición aunque eso significara caminar bajo el frío y la lluvia más potentes de los últimos años.
Cruzando el puente bajo el cual pasaba el tren en dirección a la zona norte de la ciudad, recordó la cantidad de cosas que probablemente hubiera sido mejor llevarse de la casa, pero ya estaba demasiado lejos. La alarma volvió a sonar, y él ya estaba llegando a casa de su madre. La lluvia golpeaba cada vez más fuerte, y el viento aumentaba junto con ella.
Quizás si no hubiera dejado sonar la alarma nadie lo hubiera encontrado.
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