miércoles, 6 de agosto de 2014

Hola, habla Ernesto.

El auto gris que estacionaba en la puerta de su casa ese día estaba ausente. Meses atrás había acordado con su vecino cederle su lugar de estacionamiento a cambio de compartir el cesto de basura. Ernesto nunca fue un hombre muy práctico, y mucho menos un hombre inteligente. Los días que el vecino no estacionaba su coche frente a su puerta él no sacaba la basura y ese día no sería la excepción. 
Cuando se cansó de esperar al vecino, buscó algo para distraerse un poco. A pesar de que trabajaba por la mañana, sabía que no podría dormir hasta que el dueño del bendito auto llegase a casa, hasta no oír el ronroneo leve del vehículo y sus ruedas girando sobre el empedrado, hasta no oír los pasos del hombre pasando por su ventana. Vio una película insignificante sobre un pequeño hombre que no podía terminar sus propias frases por miedo a la muerte, también uno de esos programas nocturnos donde una multitud de idiotas llama tratando (mal) de dar la respuesta correcta a un acertijo indescifrable. Llamó, hizo café y devoró los restos de su cena. Cuando hubo amanecido resolvió que no tenía energía para ir a trabajar, telefoneó a su trabajo y avisó que estaba con fiebre. El auto no había vuelto aún y entonces decidió que mañana sacaría su bolsa de basura.
Al despertarse, pocas horas después, Ernesto desayunó, Ernesto se duchó y Ernesto se lamentó de no haber ido a trabajar. “A ver si todavía me echan por culpa de este troglodita”, pensó Ernesto. Cuando miró por la ventana descubrió que su vecino nunca había regresado.
-Hola, habla Ernesto.
-Sí, ya veo. Mirá, ahora estoy algo ocupado. ¿Pasó algo?
-No, sólo que la basura... 
-¿Qué basura? 
-No, no importa, sólo que como anoche no viniste, quería saber si...
-Sí, está todo bien. Nos vemos luego. Un abrazo.
Cortó. Él estaba seguro de que todo era mentira. Que al vecino le había pasado algo, que nunca iba a volver y qué iba a hacer Ernesto con todo ese desastre de la basura, con toda esa inmunda mezcla de cáscaras, papeles, yerba, cigarrillos, botellas y restos de comida, toda la casa iba a ser un asco y él no iba a tener donde vivir y qué problema tiene este tipo que no puede volver a su casa de una buena vez. Si hubiera aceptado esas ofertas telefónicas de compras de autos su casa olería bien y nunca correría el riesgo de vivir en un basural. 
Ese día no pudo hacer mucho: escuchó música, leyó con poca atención hasta la noche y luego de cenar mirando hacia afuera se dedicó exclusivamente a esperar en la ventana. Amaneció y entonces llamó a su trabajo para avisar que Ernesto seguía con fiebre y que se ausentaría una vez más.
Al despertar miró su teléfono celular y tenía un mensaje del vecino: “Estoy de vacaciones, más temprano pasé para avisarte pero no estabas. Vuelvo el martes”. Decidió entonces que lo mejor sería esperar a que el dichoso hombre vuelva para resolver el asunto de la basura. Total, eran pocos días, viernes sábado domingo lunes martes, uno dos tres cuatro cinco. Con esta nueva esperanza, Ernesto decidió vaciar su habitación, dedicarla exclusivamente a los residuos y dormir en el sillón unos días. La tarea lo tuvo ocupado todo el día y a las once de la noche ya estaba durmiendo. 
Para el martes la habitación no daba abasto pero Ernesto estaba feliz porque había llegado el último día. Por fin sacaría la basura y por fin dejaría de compartir su casa con gusanos y cucarachas. Sin embargo, el vecino no llegó. Y no llegó el miércoles, ni el jueves ni el viernes. El sábado por la tarde estacionó un camión frente a su puerta y de él descendieron un hombre y una mujer a quienes Ernesto identificaba como los padres del vecino. Ambos parecían cansados, estaban pálidos y parecían tristes. Comenzaron a cargar los muebles de la casa de al lado y al cabo de dos horas terminaron su tarea. Ernesto salió de la casa para hablar con ellos, y preguntarles qué podía hacer con la basura, porque su hijo no había vuelto.
-Hola, soy Ernesto.
-Sí, nos conocimos cuando Marcos se mudó.
-Es verdad. ¿Cómo está Marcos? Porque yo tengo que sacar la basura, y él no volvió de sus vacaciones y yo no sé qué hacer. Es por un arreglo que teníamos, vió... El me presta el tacho y yo le dejo estacionar en mi puerta. 
La mujer comenzó a llorar desconsoladamente sobre su marido, quien antes de volver al camión dedicó a Ernesto una mirada cargada de odio. 
Cuando el camión desapareció de su vista, Ernesto se dio cuenta de algo. Las bolsas de basura estaban por todos lados. No había forma de vivir ahí. Esquivando las bolsas entró a su casa a recoger su abrigo, cerró con llave al salir y dejó la llave del lado de afuera. Empezó a caminar. Le intrigaba qué había pasado con Marcos, pero ya iba a enterarse. Mejor aún.
-Hola Marcos, habla Ernesto. Llamame cuando escuches el mensaje.